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Gael García habla de Año Bisiesto

 

 

 

Por Gael García Bernal

 

Quizás una de las mejores respuestas a una de las preguntas mas difíciles acerca del cine le pertenece a nuestro tiempo y a la estructura abrumadora de un centro comercial: ¿cuál es la diferencia entre una película artística y una de entretenimiento? La respuesta detona un aforismo: “Una película artística es aquella que perdura más allá del estacionamiento de vuelta a casa”.

Esta explicación adquiere mucho más sentido cuando después de ver cuatro películas diarias en 11 días, hay algunas que siguen resonando en la memoria, sobreviviendo el contagio que puede causar ver muchas películas en tan poco tiempo.

Recuerdo perfectamente la geografía del departamento de la periodista, inclusive podría describir lo que se ve desde su ventana, y eso que sólo he estado allí una sola vez.

Aun habiendo pasado varios meses ya, desde la vez que la vi en el festival de Cannes, Año bisiesto sigue estando viva en mi memoria, a pesar de haber visto 22 películas en una semana y media en aquella ocasión. Podría decir que el hecho de acordarme de la distribución del espacio en ese pequeño departamento habla de la excelente gramática cinematográfica que domina Michael Rowe.

En otras palabras más ambiciosas y abstractas podría decir que Año bisiesto está empapada de “verdad fílmica”. Esta verdad a la que me refiero es aquella en la que no me detengo a observar la manufactura ni a dejarme llevar por el gesto emocional que pudiera o no sentir; simplemente veo, escucho y siento la historia, disfrutando no sólo de la narrativa como consecuencia, sino de los maravillosos momentos de cine que tiene la primera película de este realizador.

Recuerdo el 29 de febrero tachado en el calendario, los rastrillos usados en el baño, la planta en la ventana, la voz que no escuché en aquella llamada, el calor que había en aquella habitación, los cuchillos sobre la mesa. Todo lo recuerdo porque lo “entendí”, es decir, lo incorporé a una sensación abrumadora de haber estado allí, pero jamás lo viví realmente: lo experimenté al ver la película.

La película navega por un inmenso mar de navajas, que a muchas personas nos es tan ajeno, y sin embargo podemos entender no sólo emocionalmente sino racionalmente lo que le pasa a esa pareja itinerante.

Es quizás uno de los mejores retratos de soledad que he visto en mi vida. La soledad que se acompaña, aquella que no es sin la presencia del otro que la completa.

Hay mucho genio detrás de esa alquimia para poder llevar adelante el triple salto mortal cinematográfico que hacen los personajes una y otra vez, haciéndolo de manera generosa y humilde. No se detiene la película para vanagloriarse de los pocos recursos económicos con que contaron para hacerla, y mucho menos en señalar que todo transcurre en un solo departamento. No se detiene la película para hacer ningún comentario sobre sí misma, ninguna voz aparece más que la de los personajes, es una película que anda al galope una vez que comienza.

Mucho se puede decir sobre una gran película, pero poco se puede describir sin sentir que echaría a perder la experiencia de verla por primera vez. Por eso tan sólo aprovecharé este último párrafo para invitar sinceramente a todos a que la vean. Y de paso aprovecho y felicito a todos los que participaron en ella por haber hecho un trabajo tan genial y honesto.

Urge que la vean, y urge que veamos la siguiente película que hará este Wallaby chilango, Michael Rowe.

 

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