AÑO BISIESTO: O LO QUE HACEMOS (y dejamos de hacer) POR AMOR

Ulises Pérez Mancilla

Hay de amores a amores y con frecuencia, las cosas que hacemos por el amor son más fuertes y más grandes que el amor mismo. No importa a qué o a quién, si se trata de encontrarlo, de conservarlo, de olvidarlo o de retenerlo: lo que nos significa un amor nos impacta, nos revuelca, nos transforma… Y se queda adentro, muy dentro de nosotros para toda la vida.

Año bisiesto (México, 2010) es una dolorosa historia de amor. Un entramado de amores. Los amores de Laura López un febrero de 29 días. El hacinamiento de sí misma en un calendario de recuerdos, frustraciones y renuencias que carga fervorosamente desde que emigró de Oaxaca a la Ciudad de México en busca de un algo mejor. No lo encontró y ahora su vida es un vaivén entre su trabajo monocromático, su arraigo familiar y sus recurrentes encuentros sexuales con desconocidos, todos ellos insatisfactorios, a veces de una noche, a veces de menos. Así de triste y así de ordinario, hasta que conoce a Arturo y comienza con él una relación sadomasoquista.

La ópera prima del australiano Michael Rowe, producida por Machete Producciones es un manojo de intimidad agobiante. Un melodrama sexual sencillo, emocionalmente devastador y fortalecido por un contexto individual y socialmente complejo, libre de ataduras y prejuicios, a todas luces honesto. El resultado de haber pulido con acierto un diamante en bruto, por lo que respecta a la historia y a la concepción de la película misma.

El guión de Año bisiesto, que tuvo el honor de ganar por primera vez para México la Cámara de Oro en el Festival de Cannes, fue escrito por Rowe en colaboración con Lucía Carreras y se trata de una de las apuestas argumentales más valientes del cine mexicano actual en lo que respecta al tratamiento genuino de una sexualidad diversa, realista, altamente significante.

En los detalles mínimos están las contradicciones de Laura, construida de manera enorme por Mónica del Carmen (joven veterana del teatro nacional) en su primera gran oportunidad como protagonista en cine. Mujer de contrastes, el personaje es llevado por una cotidianidad aplastante. La de ella no es una desolación gratuita, es una vida monótona casi en protesta por lo inconforme que está con su suerte. Por eso la llegada de Arturo (el siempre reacio, sensible y talentoso Gustavo Sánchez Parra) la arroba, le roba el alma. Dos seres solitarios dispuestos a violentarse para recuperar una parte de sí a razón de un instante, de promesas postcoitales, de esas que también se lleva el viento.

La Película, sutilmente editada y reinterpretada por el experimentado Oscar Figueroa (editor de Carrera y Cazals, entre decenas de otros) se compone de planos fijos, a veces afortunados planos secuencia, a veces meras secuencias de un solo plano. Michael no ha tenido reparo en declarar que más que estilística, su decisión de componer de este modo fue para facilitar su debut, ya de por sí difícil por las finanzas agrestes con que la película fue levantada. Antes de Año bisiesto, el director se consideraba más un guionista que un director. Antes de Cannes, la figura de las portadas de revista que ahora es Rowe, tuvo que tocar muchas puertas. Pocos o casi nadie creían en él. Fue Edher Campos, socio de Machete quien se decidió a tomar las riendas del proyecto y llevarlo por todos los caminos posibles hasta convocar a un equipo solidario que se involucró en la película: el fotógrafo Juan Manuel Sepúlveda (director del documental La frontera infinita), la directora de arte Alisarine Ducolomb (Nesio), el vestuarista Adolfo Cruz Mateo (Seres), el postproductor Ariel Gordon (director de La caja negra) o la propia pareja protagónica.

El gran acierto de Año bisiesto es que conmueve en seco, encarando un tipo de realidad poco pública, atípica y negada: el sexo como expresión del ser más allá de sus funciones orgánicas, tal cual. El sexo como desahogo, como ironía, como redención. Y que al final, el devenir de Laura, cae sobre el espectador como balde de agua fría que es más alivio que sufrimiento. La vieja certeza de que nada de lo previamente conocido será igual.

En mis días de universitario, el Cineclub de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales editaba una revista: el Sensacional de Cineastas se llamaba. Y había una columna con un hermoso título, tan hermoso como neurótico que ponía la carne al asador para que nadie pasará desapercibida una película. Algo así como: “Si a usted no le gusta esta película, no sabe nada del cine, ni de la vida, ni de nada”. Hoy lo parafraseo con gusto: “si a usted no le gusta año bisiesto, no sabe nada del amor, o ha hecho muy poco por él”.

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